
Ya no hay paseos a la luna si no es luna de coche, ya no hay cartas postales, sino raudos correos electrónicos. Ya no hay tiempo de amor, sino algunos amaneceres precipitados... Yo bendigo el murmullo de las fuentes, los árboles de otoño que los vientos acosan y desnudan, los sonidos del mar lejanos e insondables, los reclamos urgentes del amor en los comienzos de la primavera...
En ese empeño vivo con plena libertad, amándote, soñándote en el silencio, como hombre cabalmente anacrónico.
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