viernes, 24 de diciembre de 2010

HELICOPTEROS DE GUERRA./ LOS VIENTOS Y LA GUERRA.


Hoy por fin lo conocí cuando le dimos su barrida al caserío de Santiago en la madrugada. A la luz de las antorchas lo vi a Marcial y era tal como me contaba el Ciriaco Reynoso: alto, no muy blanco, de pelo largo como el arcángel que pisa la cabeza del dragón en los cuadros de las iglesias. Algo más vería de él, cosas que trato de olvidar pero que tenía razón en hacerlas,
cosas por las que no tengo el derecho de juzgarlo y ya las quiero borrar de mis recuerdos. Al fin y al cabo, todos matamos esa noche y desde entonces supimos que ya nada sería igual que antes, porque el tiempo del dolor había empezado.
Por boca de un compañero que vivía en Santiago, nos enteramos de la clave de los cabezas negras: tres toques de silbato se responden con dos y ya se puede pasar por el abra de la cordillera sin ser atacados por los ronderos de Defensa Civil. Otro pelotón de compañeros se vistió de árboles, con ramas por todos lados, para poder deslizarse en la oscuridad y un tercer
pelotón se disfrazó con pieles de llama para confundirse entre los rebaños de los santiaguinos. "A estos jarjachas les damos con todo ahora", dijo Marcial, y era que Santiago se había pasado al lado del enemigo robando los animales del resto de comunidades y quemando las cosechas de los caseríos que no constituyen Defensa Civil. Por eso íbamos bien emponchados, ocultando las armas para agarrarlos por sorpresa. Dimos tres pitadas fuertes y nos respondieron con dos. Esperamos un rato no muy largo y dimos dos pitadas que nos devolvieron con tres. Entonces un rondero apareció en el camino con su lanza y agitando el sombrero en alto. "Atracó el muy cojudo", dijo el Ciriaco Reynoso, abriendo ladino los brazos para recibirlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario